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lunes, 12 de enero de 2009

Terrorismo machista

Versió en català: http://esperantelsbarbars.blogspot.com/

Un año más, día tras día, se ha superado con creces la lamentable estadística que reza, como un mantra sombrío, que el terrorismo machista se cobra más de una victima a la semana. Y como en cualquier otra forma de terrorismo, nadie está a salvo. Ningún estrato, ninguna nacionalidad, en fin, ninguna familia, puede sentirse al margen de esta lacra vergonzante para una sociedad moderna com la que aspiramos a construir.


En días como éste, tan perverso como cualquier otro, en el que leemos, con una indignación sorda que no dejamos morir a manos la displicencia que acompaña la cotidianidad del crimen, que ayer el terrorismo de género dejó a tres familias huérfanas de madre, de hija, de hermana, de esposa, de amiga. Tres conciudadanas nuestras. Tres cruces en nuestras filas. En estos días pues, nuestras pesadillas toman dos formas muy concretas. Una, la individual, contra la que pocas armas nos da la naturaleza humana.

Pero también toma otra, a mi juicio conlleva mayor carga de perversidad, ya que no actúa movida por un golpe de sangre, sino por intereses cobardes. Me refiero a la legión de apologetas, de articulistas, de webs que, entre nosotros, a modo de quinta columna del terrorismo, ampara, justifica, jalea y comprende al maltratador. Complicidad culpable.


Todos los grupos humanos tienen sus códigos, sus hermandades, sus sistemas colectivos de exaltación; clases sociales, clubs de fútbol, partidos políticos, etc.. Los hombres también tenemos el nuestro y en él nos hemos reconocido desde siempre. Pero nuestra masculinidad ha tenido tradicionalmente también un trasfondo de beligerancia hacia las mujeres. Y esa beligerancia, por desgracia, causa bajas.


Ya sabemos que no todos los hombres son maltratadores, que sólo una minoría son asesinos, pero tras cada agresión, una vez desprovista de esa capa individual, emerge un elemento ideológico claro. Terrorismo machista.


Y para que alguno de esos terroristas pasen a la acción debe existir un sustrato dogmático, una coartada moral que se asiente en nuestro imaginario colectivo como hombres. Machismo. Machismo imbuido en generaciones de españoles en textos escolares franquistas, en anuncios de detergentes, en películas casposas, en chistes de puticlub. En el “o mía o de nadie” Hombres-hombres, castigadores y despreciativos. “Todas putas”. Nuestras hijas sometidas al acoso de viejos verdes. “es que van provocando” Obispos que ven esta provocación en niñas de trece años. Siglos de “la mujer en casa”, el ejemplo sumiso de nuestras mayores.


Tras cada maltrato, tras cada asesinato, tras cada asesino, hay un hombre que teoriza, que acusa, que señala. Y después otro que justifica. Webs que justifican. Terrorismo contra las mujeres. Terrorismo y su apología.


En ese sentido, el lenguaje no es inocente. Términos como dictadura hembrista, ideología de género, feminazismo, y resto de semántica en uso por la legión de fracasados sociales a los que convence es, en sí misma, tan pobre, tan inconexa con la realidad, producto de una mentalidad tan triste y desoladoramente maniquea que daría pena si no fuera porque es en base a esa visión del mundo que se justifica el maltrato a las mujeres.


La culpa de que a esa mujer la hayan tirado por la ventada, disparado delante de sus hijos, degollado en su puesto de trabajo tiene que ser evidentemente del feminismo radical y no de terrorista de su marido, novio, acosador. Debe ser culpa de esas putas feministas que la convencieron de que era mejor dejarlo que seguir sufriendo sus palizas. De esas hembristas que malmetieron para que ella se rebelara ante las constantes humillaciones. Todas putas, ya se sabe. Porque, como sostienen multitud de webs, de foros, de conversaciones de barra de taberna, los hombres están indefensos. Por eso a Ana Orantes su marido la roció con gasolina antes de prenderle fuego. Pobrecito, víctima de esas feministas de género…. No es que esa pobre víctima que anteayer apuñaló a su ex-pareja en un ataque de cuernos sea malo, no. Es que como tenía que paga la hipoteca y el juez le echó del piso donde le rompía los dientes a su mujer cada día tras emborracharse con los amigos, claro, no tuvo más remedio que matarla. ¿Queréis estudios científicos que concluyan que la mujer es más maltratadota que el hombre en el ámbito doméstico. Algun articulista ya se ha hecho eco de ellos. Será por falta de escrúpulos... Todo está permitido en esas letrinas del pensamiento donde el hombre es un pobre inocente al que el divorcio convierte en una bomba de relojería por culpa de una mujer que quiso librarse de él antes de morir en sus manos.


¿Y nosotros? ¿Qué nos pasa? Porqué no nos encendemos cuando oimos a alguien hablar con ese sentido patrimonialista de la vida de su mujer. ¿Por que les dejamos seguir amenazando el dia de mañana a nuestras familias? ¿Cómo podemos escuchar impasibles que se justifique a un criminal cobarde que tras, pegar durante años a su mujer, cuando ésta al final lo deja, no tiene más remedio que matarla sin escupir con toda la dignidad de nuestra condición masculina, al terrorista que tenemos a su lado? ¿nos imaginamos oír en el restaurante cómo en la mesa contigua alguien argumenta ,lo bien que estuvo que Eta pusiera esa bomba en el Hipercor sin decirle lo que pensamos de él? Pues este año el terrorismo doméstico ha matado ya a más de setenta mujeres. Compare. Y la lista de heridas, afectadas i afectados es inacabable.

Pero ellos también proponen soluciones en esas columnas, en esos púlpitos, tras las pancartas, las jaculatorias y la decencia y moral. Claro, claro. Veamos:

¿La solución para evitar la violencia doméstica? Evidente: Modificar la ley del divorcio. Imagino que será para que no puedan escapar... Tal vez no bajen los maltratos, pero no tendran que preocuparse de que se vayan a denunciarlos, de que se queden con sus casas y sus hijos cuando, cansadas de golpes y humillaciones, quieran irse con las hembristas a difamarlos. Y otra mejor: Para evitar el alud de denuncias falsas con el único propósito de romper la família para quedarse con todo, no admitir denuncias salvo evidencias (y además, evidencias muy claras, no cualquier evidencia) Hay que investigar que no se haya llenado ella misma el cuerpo de moratones antes de emitir una orden de alejamiento, que cosas peores hacen para quedarse con los hijos y con esa mierda de piso en el que tienen que permanecer insomnes noche tras noche para evitar que se cuele otra vez en su vida con una recortada.

Y siguen justificando a esos animales que no pueden asumir que esa mujer que era “suyaesté ahora con otro, que sus hijos, espectadores inocentes de sus desmanes, no quieran verlo ni en pintura. Seres inadaptados que no puden comprender como tanos otros hombres separados siguen viviendo con normalidad. No pueden asumirlo por su profundo complejo de inferioridad, por su cobardía, porque saben que otro será mucho mejor en la cama, mucho mejor educador para sus hijos. No pueden porqué sin su parcela de poder doméstico no son nada. Nada. Sólo les definen como personas el odio a las leyes que las han permitidos escapar. Odio a la sociedad que las ha dictado arrinconándole, sin ninguna posibilidad de rehabilitación convivencial, moral, vital. Odiando. Odiando a su ex mujer, odiando a todos los que no comparten su visión sociópata de las relaciones de pareja. Y ese odio es lo que da sentido a su vida, vacía de cualquier otro sentimiento.

Sólo. Incapaz de vivir entres quienes sentimos que las leyes nos ayudan a proteger a nuestras familias de las bestias como él. Sólo y sin otro apoyo que el de los cómplices de sus crímenes. Los que le justifican cada vez que le asalta la idea de matarla. Quienes le dicen: Tienes razón. Es tuya, tu mujer, tu familia. Tú eres una víctima. Tienes derecho a defenderte. Tienes todo el derecho. Cómplices de un nuevo asesinato.

Respeto para nuestras mujeres, para nuestras hijas, madres, hermanas, amigas. Para todas. Y educación en esos valores para que ejemplos como los del profesor Enrique Neira dejen de ser actos de heroísmo y se diluyan en la cotidianidad.

domingo, 11 de enero de 2009

Educación

Versió en català: http://esperantelsbarbars.blogspot.com/

Nos encontramos a menudo con afirmaciones que socialmente hemos aceptado sin cuestionarlas y que, en mi opinión, esconden en ocasiones perversidades conceptuales básicas.

Una de ellas es el indiscutido derecho parental a la educación. Si bien en su acepción original no sólo es válida, sino que es sin duda necesaria, las sociedades modernas disponen ya de instrumentos de corrección social que deberían usar con más fuerza.

No se trata de imponer desde el estado una visión unificadora de la realidad, a modo de adoctrinamiento totalitario, sino de educar en la aceptación (cuando no asunción) de los valores que, democráticamente, la sociedad ha aceptado como pilares de nuestra convivencia, progreso y avance.

Por eso, el físico que intenta inspirar a su hijo los valores emanados de la racionalidad empírica, o el payés que enseña a su hija la importancia del amor por la naturaleza no debe llevarnos a bajar la guardia frente a quien (y en un ámbito que podríamos definir de cuasi global), niega sus bajezas a fuerza de intentar perpetuarlas en su descendencia. ¿Quien no conoce a un machista, o a un racista, o a un homófobo que, a fuerza de chistes, de groserías, o abiertamente de opiniones, no intenta que su hijo se le pareciera también en eso?

Y aquí entra en juego la responsabilidad parental, que, en la medida en que esta educación responde a modelos tan distintos y cuyo nivel de consecución es tan variado como variados somos los humanos, con todos los grados de éxito y de fracaso de la escala, deviene, casi por definición, en una caótica heterodoxia de planteamientos y de aplicaciones modelares. ¿Hasta que punto somos todos aceptablemente responsables a la hora de educar? Yo formo parte de una generación en la que no existían modelos sociales más allá del de los padres, con todas sus cargas ideológicas particulares. A nosotros, los que ya no volveremos a cumplir los cuarenta, nos enseñaron, por ejemplo y entre otras muchas cosas, que la trascendencia de practicar relaciones sexuales variaba según el sexo y que, además, aún cuando la despojáramos de valores absolutos, una determinada tendencia sexual era negativa per se, aunque sólo fuera por la marginalidad social a la que conducía irremisiblemente. Y, para contrarrestar ése y otros oscurantismos, tuvimos que buscarnos la vida (y, encima, las respuesta que contenían elementos de progreso estaban absolutamente ideologizadas , en un momento histórico, la transición, en el que en política sólo parecía ser válido el dogma.)

¿Quien debe poner coto a esos desmanes educacionales? Nosotros, sin duda. La sociedad democráticamente organizada, que debe velar para que el niño no se convierta en un marginado social, producto de su adscripción al racismo o a la homofobia, por ejemplo, o en un energúmeno patético que niegue la igualdad de géneros porqué su padre le inculcó una visión retrógrada de las mujeres. Velando por él velaremos paralelamente por el progreso conjunto de la humanidad, objetivo primigenio de nuestra organización social.


Digámoslo alto y digámoslo claro. Nuestra juventud no debe ser nunca más vehículo de las patologías antisociales, religiosas o abiertamente delictivas de unos padres manifiestamente incompetentes, en el sentido más literal del término. Es necesario que la educación pública lo corrija, explicando a los niños en qué clase de personas esperamos que se conviertan. Y, sobre todo, desconfiemos de los padres que, afirmando estar en posesión de la verdad, quieran negar a sus hijos la normalidad ideológica democrática y mayoritariamente aceptada. Sólo quieren perpetuar sus propias taras para que les sean más llevaderas.

Dogmas y más dogmas.


El dogma político como substituto de la fe religiosa. El materialismo dialéctico transformador o la espiritualidad transformista.

A menudo se nos venden los sistemas políticos marxistas (y no sólo, ya que también fue así en el nacionalsocialismo) como sociedades donde la espiritualidad esotérica no tiene cabida. Han conseguido erradicar de la mente del pueblo la idea de un dios superior, se nos dice. En Cuba, en China, en Korea, las masas no adoran a ninguna deidad sobrenatural, se han vencido las supersticiones.... Como si el sentido místico profundamente enraizado en el hombre en el transcurso de cien milenios pudiera vencerse por decreto. Ojalá fuese así y la semilla del racionalismo científico pudiera dar frutos de forma tan simple.

Al contrario, a mi entender, lo que en realidad ha sucedido es la substitución (exitosa, sin duda), de un dogma religioso de carácter paranormal por un dogma político, mucho más humano, pero que contiene en su núcleo los elementos de fe irracional en un bien superior que caracteriza la creencia religiosa. La fe en dios se cambia por la fe en el sistema; los sacerdotes o imanes, por el politburó; la persistencia de la inmutabilidad, por la revolución permanente y vigilante.

Son sistemas, como los teocráticos, en los que la discrepancia es anatemizada y perseguida, con igual o superior furia, y en los que la disidencia es perseguida sin tregua porqué el cuerpo doctrinario es tan ajeno a la razón que la más mínima duda puede tambalear todo su andamiaje ideológico.

EL peligro real de ese “evangelio” es que, al pretender que su base se apoya en el cientifismo sociológico, su falso antropocentrismo, alejado de los fenómenos sobrenaturales, puede llenar muy fácilmente el vacío místico que deja en las mentes racionales el abandono de la magia religiosa.

La prueba de su falsedad, de la endeblez de su ideario, es que es sólo una substitución provisional. En efecto, una vez hundidos los sistemas que lo sustentan, la ciudadanía necesita de nuevo la mística y, no encontrando otra que la tradicional de base ocultista, se entrega otra vez, con más fervor casi siempre, a la paranormalidad irracional de la religión.

Lo que necesitamos, en realidad, son valores espirituales racionales, fundamentados en nuestra propia condición humana. En valores como la empatía, o la solidaridad, o la compasión, que tienen valor por sí mismos, sin tener que ir asociados a brujerías o milagros. Valores en los que apoyarnos para encontrar vías de superación individual, colectiva (evolutiva, incluso) para dar el paso desde la muleta mágica e irracional que nos acompaña desde nuestro inicio como especie hasta planteamientos que nos permitan la suficiente modernidad ética para superar momentos de incertidumbre como los actuales, donde de la línea especulativa de abordaje a la solución de los retos económicos, medioambientales, demográficos o tecnológicos que nos amenazan, en términos de magnitud i naturaleza, de una forma insólita en nuestra historia, depende nuestro futuro como especie. Afrontarlos con la mismas armas espirituales infantiloides que hemos usado hasta ahora nos conducirá, evidente e indefectiblemente, al desastre. El progreso científico debe acompañarse de la correspondiente emancipación intelectual.

Maduremos. Organicémonos. No queda mucho tiempo.

Lenguaje, pensamiento, dominio.

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En primer lugar, fijemos como dato de inicio que el análisis que se presenta en esta entrada tiene su fundamento en la filosofía chomskyana, en el sentido de considerar que la capacidad para adquirir el lenguaje es innata, configurándolo como la piedra angular que orientará la organización de nuestra percepción y pensamiento. Por tanto, nos basaremos en el axioma de Chomsky según el cual la lengua modela el pensamiento.

De ello podremos colegir, sin duda, que el lenguaje condiciona de forma absolutamente determinante nuestra visión del mundo y nuestra relación con el mismo. Nos formamos nuestra propia idea de lo que nos rodea a partir del pensamiento que nos ha proporcionado el lenguaje y es a partir de ese instrumento intelectual que interactuamos con nuestro entorno. El lenguaje es el arma del que nos serviremos también para relacionarnos con las demás personas que conforman nuestra vida social.
No es difícil deducir que, en ese marco de relaciones interpersonales, nuestro lenguaje, que ya hemos conceptuado como el origen de nuestro pensamiento, se norma específicamente para un fin social, constituyéndose en lengua como una de sus manifestaciones. Por tanto, esa lengua debe forzosamente condicionar, por su propio origen, el pensamiento social y, especialmente, el pensamiento político. Si lenguaje condiciona el pensamiento, la lengua, como instrumento derivado, determina nuestra forma de ver el mundo. El ejemplo de la manera que tienen los inuits de relacionarse con su medio físico (y social derivado del mismo) se traduce, por ejemplo, en la riqueza de su idioma para describir esa realidad (en cuanto a la nieve, al hielo, etc.…) Por tanto, la lengua inuit condiciona a sus hablantes para una determinada concepción del mundo, alejada de la que tiene de su mundo un hablante de maya. Distintas lenguas, distintas concepciones, distintas estructuras lógicas de interactuación.

Desde esa concepción resulta fácil ahora definir al idioma como una de las armas más efectivas de dominación social. Imponer tu lengua a otro en substitución de la suya significa la forma más efectiva de conquista. No sólo le impones tu visión, sino que le despojas del instrumento que le permite tener la suya propia, o cualquier otra distinta a la tuya: Le obligas a pensar bajo tus premisas mentales. Y con la desaparición de ese idioma se pierde irremediablemente una de las formas que teníamos los humanos para describir el universo y nos volvemos, todos, más pobres para siempre.

sábado, 10 de enero de 2009

Liberación sexual y evolución

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El objetivo de la presente entrada es encender una nueva luz sobre el proceso femenino de liberación (tan actual en términos de cronología histórica absoluta), entendido como transformación evolutiva humana, ni más ni menos.

Esta afirmación, a la que de entrada le admito un cierto aire de boutade, toma como punto de partida conceptos evolutivos referentes a los humanos como especie: La monogamia como estrategia de supervivencia y la sumisión femenina al macho como consecuencia (y permitidme utilizar esta terminología por cuestiones etológicas). Si bien autores como Desmond Morris (El mono desnudo), García Leal (La conjura de los machos) ya lo exponían desde hacía algún tiempo, es, en mi opinión, el primatólogo Frans de Wall (El mono que llevamos dentro. Tusquets Editores) quien lo aclara de la forma más entendedora para neófitos como yo. En definitiva, la monogamia aseguraba al macho la paternidad sobre las crías que debía defender de los depredadores y en la que debía volcar lo que en antropología se denomina inversión parental, es decir, coadyuvar a la carga de mantenimiento de la prole. Ésta es claramente una estrategia evolutiva, la que escogió nuestra especie, a diferencia de nuestros parientes cercanos, los chimpancés (cuya estrategia es el infanticidio de las crías ajenas en cuanto se apoderan de una hembra, o la de los bonobos (cuya promiscuidad sexual les lleva a no distinguir a su descendencia de las de los demás, por lo que los machos se desentienden absolutamente de ellas)

Analizando cual era el papel de la hembra es esa ecuación, es evidente que, si bien la estrategia (evidentemente) ha funcionado, ha sido en gran parte a costa del eslabón más débil. Aparte de otros esclavajes, el sistema reproductivo monogámico exige, a cambio de la crianza cooperativa, un control estricto sobre el comportamiento sexual de la mujer. Nuestra historia sexual ha sido exactamente eso, desde la religión, la política, la moral, o cualquier otra forma mayoritaria de control social. La dominación de un sexo sobre el otro.

Así, podemos afirmar que la monogamia no es un comportamiento cultural humano, sino que la evolución la ha grabado a fuego en nuestro ADN. Nacemos monógamos y las consecuencias de esta herencia las paga la mujer durante toda la vida, en forma de sumisión al macho, al orden social.



Es por eso que los movimientos de liberación femenina son tan revolucionarios. Porque no cambian sólo el papel histórico de la mujer en la sociedad humana, sino que cambian incluso la base evolutiva de nuestra especie. Y, tras centenares de miles de años, hoy podemos vivir este episodio, que se me antoja trascendental (que trasciende nuestra historia y cambia nuestra propia huella como especie).

El acceso de la mujer a los estamentos de toma de decisiones y, sobre todo, lo que de ello se ha desprendido; la revolución sexual, el derecho a escoger libremente pareja, de abandonarla sin que ello le prive de poder criar a sus hijos, su emancipación emocional, su autosuficiencia económica, su lucha en sí de forma singular, la libera de la carga evolutiva que la ha acompañado desde el inicio de los tiempos (literalmente, en términos antropológicos) Y aún sabiendo que los cambios no se producen en todas partes, ni para todo el mundo, ni de la forma adecuada, si que colegiremos que el proceso no admite marcha atrás.

Éste es un triunfo que, de una parte, demuestra empíricamente que nuestra especie sí es capaz de avanzar y mejorar. Que la evolución darwiniana, a pesar de que parece limitada por falta de metas de adaptación física con el entorno (como bien señala el profesor Eudald Carbonell) , sí puede en cambio avanzar por otros territorios, determinados ahora por adaptaciones al entorno social que, a la larga, también adquiriremos de nacimiento.

Y de la otra, que a pesar de que en un logro de toda la especie sapiens, el papel que hemos interpretado los hombres en el proceso ha sido, como máximo y en el mejor de los casos, el de espectadores que se apartan para no molestar.